DENTRO DE
DENTRO DE
Una pieza de Laura Millán para la Facultad de Filosofía de la UNED
Todos los días cuando salgo a la calle intento hacer una ruta diferente. Camino mirando hacia arriba, disfruto observando las tipografías de los letreros, los pequeños bosques que brotan en algunos balcones o las diferentes decoraciones que pueden verse en los interiores a través de las ventanas. El recorrido nunca es igual.
Todos los días cuando llego a casa subo 70 escalones. Camino mirando hacia arriba, que en este caso es hacia abajo, hacia el suelo. Voy lo más rápido que puedo, llevo las llaves en la mano con la ilusión de llegar ya al final, pero a mitad de camino, me canso y las suelto en el bolso. Primero me encuentro la alfombrilla clásica del Airbnb, luego el siguiente descansillo, veo una marca grande que hice en la pared durante la mudanza con una maceta, en el rellano del tercero una luz que parpadea como en las películas, y finalmente el vaso de agua.
Hackear un espacio. Una escalera donde la gente permanezca quieta, sola, observando. Una escalera donde nadie se dirija a ningún lado, ni suba ni baje, simplemente esté presente.
Como si de un hallazgo arqueológico fortuito se tratara, a través de unas fisuras descubrimos que las paredes de la UNED están habitadas por los individuos que mantienen el edificio en funcionamiento. Sus actividades varían desde el estudio y la enseñanza, hasta la gestión de las infraestructuras. Estos seres, conectados por la búsqueda del conocimiento, han tejido una red que atraviesa las diferentes plantas de la universidad, sustentando nuestro entorno académico.
Las grietas son desperfectos en el espacio. Pequeñas ventanas creadas gracias al tiempo a través de las que podemos ver lo recóndito. Son atajos inesperados que provocan puntos de inflexión: una conversación con una amiga, una comida que pensabas que no te gustaba y ahora sí, o un accidente en bicicleta. Son fisuras que tienen dos caras y se derraman por todos lados, infinito hacia adentro o hacia afuera. Una mirada dual separada por un eje que fluye.
Nos encontramos inmersos en un entorno repleto de interacciones invisibles. Un alumno del colegio mayor universitario Siao Sin, establece una comunicación que desafía las barreras espacio-temporales con una profesora que lo escucha desde la primera planta. Simultáneamente, otros alumnos, sumergidos en sus libros después de una larga noche de estudio, alzan la mano para plantear preguntas a un profesor que está en el otro lado vomitando su lección. A pesar de las obligaciones académicas, se respira un aire de libertad; tres montañas de archivadores cansados de la monotonía de las clases han decidido salir de la primera planta, quizás quieran aventurarse a pasear por las orillas del Manzanares.
Descubrir lo invisible y sus conexiones mientras permanezco en esta escalera. Toda una experiencia que se asemeja a la famosa escena de 'Misión Imposible', donde Tom Cruise realiza maniobras absurdas para evitar el contacto con una red de láseres imperceptibles y así poder sustraer un objeto de valor. Voy a bajar con cuidado no vaya a ser que roce cualquiera de estas líneas y tengan que llamar al informático. Y no está la cosa para reiniciar el sistema.
GRIETAS POR LAS QUE ASOMAN OTROS MUNDOS
Sergio C. Fanjul
Según relató H.P. Lovecraft, a veces los horrores interdimensionales intentan entrar en nuestra realidad (si es que tal cosa existe) por las esquinas de las estancias. Otras veces no son esquinas, sino extrañas grietas en nuestra cotidianidad por las que asoman otros mundos, como se ha registrado en unas escaleras de la Universidad Nacional a Distancia de Miskatonic (institución donde, por cierto, se conserva un polvoriento ejemplar del Necronomicón, escrito por el árabe loco Abdul Alhazred).
Ahí, según han denunciado con una mezcla de indignación y terror los trabajadores de la universidad, se ha asomado un mundo compartimentado que parece un reflejo extraño del nuestro, como si los significados de aquí se materializasen allí de manera poética, tal y como se manifiestan las cosas en ese territorio borroso y abismal que sucede entre la vigilia y el sueño, y del que a veces nos despertamos con un espasmo. Un santuario de lo absurdo y lo enigmático
¿Quiénes son esos seres diminutos que llevan esas vidas parecidas y paralelas pero distintas? Los expertos de la universidad, y mira que hay expertos en la universidad, produciendo toneladas de papers, no se ponen de acuerdo en interpretar esos micromundos patafísicos y surreales. Pero todos coinciden en que son algo así como representaciones ectoplásmicas de la vida universitaria.
Las investigaciones llevadas a cabo hasta el momento, y dirigidas por la experta en lo paranormal Laura Millán, para pasmo de la opinión pública, que sigue el caso con excitación morbosa, han constatado la presencia de seres que nadan en alambicados mares de cables azules, personajes que vomitan, literalmente, incompresibles retahílas de texto, bibliografías con patas que huyen en todas direcciones, ideas burbujeantes que se convierten en burbujas y que, en virtud del Principio de Arquímedes, escapan de las cabezas y fluyen por la estancia, o multitudes aplastadas por aludes de libros, víctima de la obsesión voraz por el conocimiento.
La sociedad se ve divida en diferentes posturas: los que creen que estos seres diminutos de las grietas suponen una oportunidad única para salvar a la humanidad, siempre y cuando la humanidad desarrolle una tecnología para disminuirse a sí misma. Los que creen que se trata de una aberración infernal y que las grietas deberían tapiarse con cemento a la mayor brevedad. O los que piensan que nos encontramos ante un grave caso de okupación y que esas personas pequeñitas que atentan contra la propiedad deben ser desalojadas de las grietas cuanto antes, si no es por las autoridades policiales, por una vigorosa empresa de desokupación.
Estas apariciones sobrenaturales en las grietas aparecidas no solo trascienden la imaginación, sino que invitan a los visitantes a explorar realidades paralelas y a cuestionar la naturaleza misma de la existencia. Estos se sumen en el laberinto de dimensiones, se preguntan si tal vez sus propias vidas son también meras figuritas en manos de un artista cósmico, danzando en las rendijas de la realidad, esperando ser descubiertas por los curiosos ojos de un observador errante. Y muchas veces estos pensamientos les conducen directamente a la locura. Tengan cuidado, especialmente si aún no se han graduado.
GRIETA 1
Tecnología y arte. Finanzas y estadística. Arquitectura y física cuántica. Jardinería y latín. Pedagogía y numismática. Quería saberlo todo. Y, por suerte para mí, todo lo que quería saber estaba ahí. Tan ahí que solo tenía que dejarme caer.
El tiempo haría lo suyo.
Un día me armé de valor y metí el dedo gordo del pie. Todo se tambaleó. Me pareció oír un «crash» y me invadió una sensación de miedo y vértigo, a la vez que experimenté un placer indescriptible. Un cosquilleo dionisíaco. Un suspiro fresco en la nuca. Tentador. Quizá demasiado. Saqué el dedo.
Pasaron un par de días antes de que decidiera meterme hasta las rodillas. Sentí paz y hambre. Hambre y pudor. Pudor y conflicto. Conflicto y paz. Quería más.
Poco a poco me fui desinhibiendo; me metí hasta la cintura, chapoteaba, movía las piernas y los brazos y reía. Lo que empezó como un baño furtivo semanal, se convirtió en mi placer diario, un anestésico que estaba tan ahí que era imposible resistirse.
Hasta que un día, como era de esperar, decidí meter la cabeza. Instantáneamente supe que ya no había marcha atrás. Estaba atrapado.
No me importó.
Ahora vivo inmerso en el conocimiento integral y salgo lo justo.
Solo para tomar aire antes de otra inmersión y comprobar que fuera no hay nada que merezca mi atención.
María Reina Caraballo y Julia de Arco
Mujer de la vida y adolescente con ínfulas
Tengo bultos en la cabeza. Son azules y pesan. Diría que hay alrededor de veinte, pero nunca los he contado. Voy a contarlos.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, nueve, diez, once, doce, trece… ¿Me he saltado un número?
Uno, dos, tres, cuatro… He perdido la cuenta.
Tengo más de trece bultos en la cabeza. Creo. Y cada día me crecen uno o dos más. Algunos días incluso tres.
Uno, dos, tres.
Cada uno de mis bultos es único y muy especial. Todos tienen distintos tamaños, volúmenes y formas. A veces fantaseo con ponerles nombre.
Hay uno con forma de vulva. Jeje.
La comunidad de expertos en bultos azules de Yahoo dice que deje la lactosa. Y el gluten. Y el azúcar. Y los hidratos. Y todos mis malos hábitos, como el tabaco o las fiestas. Y las grasas saturadas.
Ahora tengo una dieta basada en agua, pero mis más de trece bultos siguen ahí. ¿Trece? Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Trece.
Incluido el de forma de vulva.
Quizá si dejo de pensar en ellos se irán.
Uno a uno desaparecerán. Trece, doce, once, diez, nueve, siete, seis, cinco…
¿Me he saltado un número?
La comunidad de expertos en bultos azules de Yahoo dice que soy un caso perdido.
Creo que probaré una dieta de ayuno.
Mika da Rei y Julia de Arco
Estudiante de 6º de primaria y adolescente con ínfulas
Estoy impresionado con las cosas de la vida. Estamos pendientes de los problemas personales y le sumamos los problemas de los demás, de los que nos hacen partícipes nuestros familiares y amigos. La pregunta es la siguiente: ¿Cuándo podremos pensar en nosotros mismos? El tiempo pasa y así mismo la vida se nos va lentamente. La vida es bella si la podemos vivir con las personas que queremos, amamos y respetamos a cada segundo de nuestras vidas. Animo a todas las personas que vivan un segundo de su vida para que prueben una palabra llena de amor y paz, me refiero a la felicidad. Y verán qué alivio para su vida haber vivido y compartido con alguien que merecemos. Y si no hay amor para qué seguir perdiendo el tiempo, que es lo más hermoso. En pocas palabras deseo seguir adelante a pesar de todas las dificultades y problemas que tiene la vida, sobre todo en el entorno social. A través de nuestra propia historia muchas veces nuestro cuerpo nos enseña y nos refleja el tipo de ánimo que tenemos, ya sea a solas o con el contacto social.
Debemos aprender a escucharnos para limitarnos hacer cosas que puedan perjudicarnos a nosotros mismos y estar siempre a la defensiva.
Landy Ruiz Sarco
Personal de servicio de limpieza de la UNED
GRIETA 2
Me encontré con Luis en el ascensor y le saludé sin ganas, pero intenté sonreír. Me costó, todavía estaba dormida y él cada vez me caía peor. Como respuesta, emitió un sonido ininteligible y miró al suelo.. No le di importancia, nunca habíamos vuelto a hablar con normalidad. Desde aquella cena de Navidad del trabajo en la que acabamos en su casa, él me esquivaba.
Abrí la puerta de la sala de juntas en la que tenía que exponer y, de repente, las conversaciones se interrumpieron violentamente. De camino a mi sitio en la mesa saludé a cada uno de mis compañeros, pero escondieron su cara tras las pantallas. Un silencio pesado se apoderó de la habitación y sentí que todo se deformaba. De repente, una risa ahogada, miradas entre ellos y más risas, unas risas escandalosas, pantagruélicas.
Busqué nerviosamente la cara de algún amigo y me topé con Sara, quien inmediatamente se dio la vuelta para servirse un café. Encendí el ordenador y me saltó una notificación de Teams. Allí estábamos. Luis y yo en el salón de su casa.
Sentí que la respiración se desbocaba, pero me la tragué antes de que me tragase ella. Me temblaban las manos. Intenté hablar pero no pude; quise moverme pero no lo conseguí. Me vi corriendo, me vi llorando, me miré escapando, me miré gritando. Mi jefe entró y me hizo un gesto para que comenzase. Obediente, me senté en la silla y busqué el cable para conectar el ordenador.
Ana Alonso
Radio, Teatro, Podcasts
Se crea una fisura en el muro. Con la ayuda de la humedad crece algo de musgo. Justo encima, el viento contribuye al nacimiento de un helecho, un frágil Ombligo de Venus. Hay piedrecitas sueltas entre las que se mueven insectos diminutos. Si miramos el conjunto de cerca, esos escasos cinco centímetros, entramos en la espesura de un bosque.
Habitamos las grietas en busca de espacios de resistencia.
Me gusta imaginar la lectura, los libros, las publicaciones, los resultados de diferentes actos de edición que acompañan nuestra vida, como grietas que nos abren puertas hacia mundos exteriores. Son vasos comunicantes para que en el interior de nuestro pensamiento entren otras formas posibles de conocer, de aprender, de mirar.
Las grietas hacen que el núcleo de eso que llamamos realidad se haga poroso.
Necesitamos las grietas, las fisuras, porque la imperfección, el error en las superficies uniformes de la existencia, permite que nos abramos a la sorpresa, a lo queer, a un conocimiento más compartido que deja entrar lo que ignorábamos y salir lo que ayudamos a imaginar.
En las grietas se disuelven las certezas y nos mezclamos con vidas humanas y no humanas, con materias no vivas, aunque vibrantes.
Javier Pérez Iglesias
Activista-bibliotecario y Director de la Biblioteca de la Facultad de Bellas Artes (UCM)
La pediatra le había explicado que no era que el bebé prefiriera la teta izquierda y rechazase la derecha, sino que ella estaba más cómoda liberando la parte derecha de su cuerpo, como diestra que era, para poder hacer cosas mientras el pequeño mamaba. En ese mes y medio había aprendido a pelar una mandarina sólo con la mano derecha y cierta ayuda de los dientes y los labios. Había pasado a manejar todas las funciones del móvil con el pulgar derecho, lo cual le había provocado una tendinitis los primeros días, pero ahora que había adquirido un nivel de virtuosismo sorprendente, el manejo le daba un aire de madre dos generaciones menor. También había aprendido a pasar las hojas de los libros sin ayuda de la mano izquierda. Para conseguirlo, apoyaba el lomo en la parte de su pecho liberada por el bebé, luego, con el pulgar a modo de crupier, pasaba la hoja y luego con el índice conseguía volver a abrir el libro por la página deseada. Aprovechando que el bebé dormía en su teta y aplicando esta técnica, abrió el libro “Maternidad y Creación” editado por Moyra Davey y empezó a leer por dónde lo había dejado dos horas antes en la anterior toma del bebé, siempre de la teta izquierda. En esa página, Úrsula K. Leguin explicaba que aún teniendo tres hijxs, había sido capaz de escribir veinte novelas. Al leerlo recordó una frase que la propia Úrsula había dicho: “Los bebés comen libros, pero luego escupen pedazos con los que puedes construir algo.”. Siguió leyendo. De lo que Úrsula K. Leguin se alegraba era de haber tenido tres hijxs y haber escrito veinte novelas y no al revés.
María Jerez
Artista
Una facultad de filosofía (¡a mi corto entender!) tiene que ser el lugar en el que se investiguen los mecanismos del sistema, el pensamiento contemporáneo, el por qué de las cosas… en otras palabras, el sitio en el que se indaga en las grietas de la matrix.
El edificio, el sitio físico, funciona como casa encantada en la que los fantasmas son los ecos de las ideas que se han discutido ese día, esa semana, o los últimos veinte años. Energía ectoplasmática que deja la materia gris en funcionamiento, como el rastro de baba de un caracol. Me pregunto si una facultad de filosofía abandonada tendría fantasmas más amables o comprensivos con los vivos. Incluso fantasmas que no intervienen, no dan sustos, sino que prefieren observar y sacar sus propias conclusiones. O quizás sí dan sustos, pero con citas de filósofos famosos. “¡Solo sé que no sé nada!” susurrado desde una sombra, por ejemplo.
Estas son las cuestiones que me vienen a la cabeza al ver la obra de Laura Millán, que se atreve a ir más allá: trabajar en las grietas físicas del edificio en el que investigan las grietas metafóricas. Algo así como atravesar con un taladro un libro sobre cómo taladrar. ¿Qué pasa dentro de estas paredes? ¿Cómo son estos fantasmas?
Tal como yo lo veo: unas almas en pena que se han quedado atrapadas en este limbo teórico que es el F5, la tecla de actualizar el sistema. Fantasmas condenados a darle a refrescar para el resto de la eternidad. Puede que después de siglos y siglos de darle a actualizar… ¿salga una respuesta?
Xavi Daura
Humorista
El monstruo somos todos. Como todo y como siempre hay monstruos monstruosos y monstruos más mundanos, gente que vive bien con ello y gente que se tiene que vengar de la vida por serlo. Cuando la piel aprieta, no te digo cómo se sienten las paredes de la habitación. Rezuman yeso a causa de la humedad. A mí que la piel me aprieta a menudo –de puro prestado se queda pequeña y oprime la carne en los lugares más incómodos– me entran ganas de chupar estos muros para ver si se deshacen como la sal. El yeso, como tantas otras cosas, es blanco, y yeso me dieron para aliviar la piel tirante de mi carne. «Más o menos funciona» les digo a los sarnosos que vienen a controlar mi encierro. Con la puntita blanca del yeso escribo sin descanso eso que os decía de los monstruos, y escribo y escribo y veo lo bien que funciona la fatiga de una para hacerles creer a esos que el encierro es un castigo. A través del ventanuco agarrotado de la puerta sus ojos se deslizan sobre las líneas que se van borrando unas a otras como las olas del mar. Aquí soy capaz de escribirlo todo y los que curiosean desde la puerta, que todavía no se han dado cuenta que están más dentro del agujero que una misma, se quedan encantados con lo de escribir sobre lo escrito. No saben que se han equivocado: lo de allá fuera me queda del otro lado.
María del Buey Cañas
Artista y alumna del Máster de Filosofía de la UNED
—Nerviosa, es mi primera entrevista, a lo mejor me tiembla la voz.
—De 2010 a 2022, el Grado en lengua y literatura españolas. Me lo he tomado con calma.
—Una media de 7,9, soy la que sale del examen diciendo que fatal y luego saca un 9,5, aunque latín y Fonética y Fonología Histórica me costaron lo mío.
—La experiencia ha sido fantástica, a nivel personal y docente, estoy muy satisfecha con lo que ofrece la UNED y contentísima por lo que he conseguido.
—Yo no he sentido esa soledad que me han comentado otros alumnos. Las tutorías han sido fundamentales, llevaba más de 15 años sin estudiar y he tenido algunos profesores magníficos, Enrique Corrales o Yoli, conocidos como la ONG de la UNED, hasta nos daban clases extra sin cobrar.
—Hay de todo, también están los que te largan su libro y ahí te las apañas.
—Prefiero no dar nombres que luego todo se sabe, jajaja, estarán jubilados ya.
—Lo que más me ha gustado ha sido el reto, acabar el grado, alcanzar una meta con esfuerzo, después de muchas inseguridades y horas de estudio.
—Sí, creo que está bien organizada, hay muchos canales de comunicación, foros, correos electrónicos de los tutores, tutorías presenciales, videoclases en directo o grabadas, hasta profesores que graban las clases en casa, con las máscaras venecianas del salón de fondo.
—Profesionalmente, no era la carrera ideal, era la que me apetecía estudiar, pero me ha servido para pedir un aumento de categoría profesional y sueldo.
—¡Claro que lo recomendaría! Acabo de matricularme en Historia del Arte… Estudiar engancha. Además, puedes organizarte el tiempo como quieras ¡no hay prisa!
—De nada, hombre, espero que esta entrevista anime a otras a estudiar.
Alice Kekejian
Graduada en Lengua y literatura españolas por la UNED.
Estudiante de la UNED de Historia del Arte
GRIETA 3
Al principio todo era mente. Inquieta, lozana, desvergonzada y fresca. Subía y bajaba, estaba por todas partes. Se unía al cuerpo unas veces, y otras, caprichosa, se separaba de él. Lo contenía todo, uniformemente; el Universo era pensado por y desde la mente. En un particular momento de extrañas confluencias, la materia fue cerniéndose poco a poco sobre ella, comprimiendo su liviana realidad inmaterial. Tratados, ensayos, manifiestos, estudios, panfletos, soliloquios, versos, cuentos y novelas fueron apilándose unas sobre otras, con el fin de poner voz en aquel silencio ancestral. La inquietud se armó de piernas y se untó de prisas buscando con ahínco cualquier señal de la ignota condición humana. Las palabras estallaron en los rostros de los primeros buscadores: arjé, logos, tinaja, recóndito, ciempiés, noúmeno, candelabro, entendimiento, circunspecto, geranio... unas graves y circunspectas, cargadas de intención, otras irreverentes y burlonas. La mercadería de las palabras y sus sabrosos contenidos se extendió por doquier, y desde entonces fue imposible vivir sin ellas. Ahora estaban por todas partes. Los eternos buscadores podían cogerlas, prestarlas, hacerlas suyas, suavizarlas, incluso olvidarlas, venderlas, inmortalizarlas en papiros, hojas de arroz, tablas de arcilla, o en un movimiento de amorosa inquietud, marcarlas en los troncos de los árboles. “Deme un cuarto de Literatura y un puñado de Historia Contemporánea; no, de esas no, que no están maduras, de las de al lado: esas, sí”. “La Filosofía está de oferta esta semana: comprando la Fenomenología se lleva usted el Existencialismo entero, o si quiere sólo un trozo. ¡No encontrará una ganga como esta!
No había nueva idea o doctrina que no quisiera participar en el histórico acontecimiento humano de plasmar en alguna parte la huella indeleble de su existencia.
Para saber hay que tener, para tener hay que ser, para ser hay que existir, para existir…
Margarita Moreno
Profesora de Filosofía de secundaria
Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers. Me gusta escribir papers…
….arghhhhh. Qué gusto haberlo echado todo.
Adolfo Estalella
Profesor de Antropología de la Universidad Complutense de Madrid
MENUDO INTERIOR
Ramón del Castillo
Vicedecano de Filosofía de la UNED
Volvíamos de Hamburgo y no lo habíamos logrado. Echamos el día en ver el nuevo auditorio de música, tan impresionante, pero nos perdimos el museo de maquetas de tren más grande del mundo: https://www.miniatur-wunderland.com/. Mi compañero también había crecido en una casa demasiado pequeña. Para nosotros el modelismo no era una opción, sino una maldición. Nos pasamos la adolescencia montando maquetas militares y pintando soldaditos, y fabricando dioramas. No teníamos trenes en miniatura porque se necesitaba mucho sitio para montar las vías. Era mejor no hacer el ridículo. Pero pasamos del modelismo militar al civil, y todo parecía ir bien, montando coches, y aviones, camiones, barcos… pero de repente empezamos a delirar, porque conocimos a un aficionado que mezclaba piezas de distintas maquetas para fabricar cosas raras, como naves espaciales de ciencia-ficción, y compraba figuritas humanas de trenes que siempre eran muy edificantes y educadas, y les ponía en posiciones raras, y las metía en ambientes raros. Así, como quien no quiere la cosa, dejamos de obedecer las instrucciones de montaje y pasamos del modelismo al surrealismo.
Dicen los expertos que a la gente le gustan las miniaturas porque le da sensación de control, ese control que nunca se tiene sobre el mundo real. Lean el maravilloso libro de Simon Garfield, Miniature. How Small Things Illuminate the World y verán todo lo que cuenta sobre objetos y composiciones que no son copias diminutas de realidades, sino totalidades, universos por sí mismos, con su propia lógica. https://www.simongarfield.com/books/in-miniature/. Otros expertos (recuerdo de camino a un museo con una maqueta de una ciudad) llaman a los dioramas paramundos, o sea, sistemas que no son mundos de verdad, sino mundos al margen de los mundos oficiales, pero que son mundos. Qué apasionante asunto ¿no? Y qué complejo: no puedes separarlo de la historia de los juguetes, de la evasión, de lo gratuito. Y al mismo tiempo, ¿Qué puede ser más serio que la reducción del mundo a lo esencial? (No dejen de leer también el maravilloso ensayo de Beatriz Colomina sobre la realidad como un juguete amplificado para la exposición Playgrounds (https://www.museoreinasofia.es/publicaciones/playgrounds-reinventar-plaza)
Algunas maquetas rescatan mundos que ya no existen, otras escenifican mundos que nos gustaría que existieran. Las hay, también, que recrean mundos que nunca existirán pero que nos fascinan. En realidad, el tamaño no importa tanto. Tampoco la densidad o aglomeración de elementos. Lo importante son las emociones e historias que provocan su construcción, y las que ellas provocan, claro. Bachelard dijo en La poética del espacio que «la miniatura es uno de los albergues de la grandeza”. Es verdad: disminuir algo lo engrandece porque logramos verlo con la distancia que no tenemos en la vida. Pero cuidado, lo pequeño también amplifica nuestros miedos e incertidumbres, nuestras ilusiones y nuestros absurdos.
Cuando volvimos de Alemania tuve la oportunidad de escribir sobre los micromundos de Steve Wheen (que me recordaban las vulnerables viviendas que Charles Simonds colocaba para little people (lo cuento en El Jardín de los delirios). Que interesante un arte que hay que evitar pisar, tan vulnerable. Plantas un microjardín en una grieta del asfalto ¿y qué hace la gente? https://www.thepotholegardener.com/ Qué interesante también un arte que convierte objetos cotidianos en otra cosas, cambiando de escala. ¿O acordáis de Tatsuya Tanaka? https://www.instagram.com/tanaka_tatsuya/. Pero sobre todo el artista llamado Slinkachu, https://slinkachu.com/, que parece un nombre sacado del Pokemón, o el de un artista pop de Korea del Sur –como dice Garfield— pero que nació en Devon, y se llama Stuart Pantoll, y pone en escena situaciones cotidianas, algunas ordinarias (leer el periódico, tender la ropa, sacar la basura, acampar, pisar un cicle, pintar muros…), pero otras tremendas (mendigar, enterrar un cadáver, agresiones, siniestros… porque “lo infinitesimal también es el último estadio de lo horrendo”, recuerda María Negroni en Pequeño mundo ilustrado (WunderKrammer, 2019). Así que no todos los minimundos son tan bonitos como en Hamburgo, ni son tan grandes, aunque nos resultan mucho más familiares y mucho más reales (ved las fotos contrastando dos escalas, el de la miniatura y el del observador urbano en Little People in the City, con ese prólogo tan curioso de Will Self).
Pero ¿y el humor? Ah, eso es otro asunto. ¿Por qué los artistas del diorama son tan irónicos? La verdad es que yo me reía más con una artista española que con los japoneses o los británicos, yo qué sé por qué, será porque esto del arte del diorama recrea todo un inconsciente cultural, pero lo digo muy en serio porque no hay nada más serio que el humor. Los dioramas son algo muy universal y muy local, las dos cosas, como los sueños. Pero aclarémonos: las instituciones y los edificios no sólo son estructuras administrativas y arquitectónicas. O sea, además de normas firmes y de hormigón armado, están hechas de sensaciones y fantasías, de miedos y alegrías ¿no? Me estoy perdiendo y tengo que llegar hasta la escalera. Pero vamos por partes: la UNED es una y muchas. Concentrada y extendida, centrada y transferida, fijada y multiplicada. Está en muchos sitios, sí, en centros asociados distribuidos por este mundo, y vinculada con infinitos convenios con quien sabe qué otras universidades, agencias y entes ministeriales, empresas y fundaciones. Y sus estudiantes, ¿Cómo es posible representarlo? Colectivo de colectivos, espacio de espacios, reales y virtuales. Un mundo sin maqueta, un espacio sin modelo. Un universo habitado por gentes que sólo tienen algo en común: no huyen del lío, de ese intrincado cableado que Millán transforma en agua azul de piscina.
Va a ser que me he perdido, y lo mismo ustedes también están algo desorientados, pero entiendo algo: hay que reinventar la escalera, el lugar de paso, como el corredor y el intercambiador, el lugar donde se puede coincidir, el espacio donde se habla de cosas de las que no se habla en ningún otro sitio. Pero de verdad: si quieren que les expliquen todo esto es mejor, suban por la escalera, más allá de las grietas que abrió Millán, sí, el despacho de un profesor del mundo de la historia del arte, Miguel Ángel García Hernández, que sabe todo la habido y por haber sobre cajas de muñecas y arte metido en cajones, y en maletas, y cosas muy raras. Yo me conformo con llegar a la escalera y encontrarme con habitantes de la filosofía y de la antropología, de la historia del arte y de la literatura, cruzarme con cuerpos, administrativos y docentes, técnicos y de mantenimiento, y cruzarme con visitantes, sí, en esa sucesión de escalones por los que suben y bajan seres tan diferentes, con sus tareas y visiones, con retos y calendarios tan diferentes, una escalera que no es una alternativa al ascensor, porque a diferencia de esa lata de sardinas que sube y baja, la escalera deja tiempo para descubrir un mundo interior. Y menudo interior
Obra adquirida en aplicación del 1% Cultural previsto en la Ley 16/1985 de Patrimino Histórico Español, procedente de las obras de acondicionamiento de las plantas 1, 2 y 3 del edificio de Humanidades, Facultad de Filosofía, de la UNED.
Fotografía: @SergioAlbert_